Una Revolución en Paz para todos los
Argentinos
Discurso pronunciado por el Teniente General
Juan Domingo Perón, el 21 de septiembre de 1973, por radio y televisión, al
cierre de la campaña electoral para los comicios del día 23/9/73
Desde que las circunstancias que yo no busqué me han colocado en la
situación de tener que afrontar una nueva y grave responsabilidad, deseo hacer
llegar a todos los argentinos, y muy especialmente a los compañeros, algunos
pensamientos dirigidos a fijar la orientación general que ha de seguir nuestro
movimiento, en el caso de que los comicios nos sean favorables.
No
es un secreto para nadie que en el ambiente nacional se mueven factores de
perturbación que, en nombre de las tendencias más dispares, provocan hechos a
veces inconcebibles si se piensa en beneficio de la comunidad. Tales factores
obedecen simplemente a dos tendencias perfectamente determinadas: una, el
aumento exagerado de la delincuencia común; otra, el designio de una
perturbación política y aun económica muchas veces inconfesable; todas, sin
embargo, aparecen algunas veces coordinadas mediante una acción solapada y
otras abierta, donde se percibe la influencia foránea del imperialismo, que no
ha dejado de trabajar en contra de los gobiernos libremente elegidos por los
pueblos, para apoyar por todos los medios a las dictaduras.
Todo
ello es el producto de una descomposición preconcebida, que comienza con la
destrucción del hombre en todos los estamentos nacionales y continúa con la
destrucción del Estado. Nada de cuanto está ocurriendo diariamente obedece a
otra causa que una destrucción que se ha venido operando a lo largo de los años
y de los hechos que el país ha vivido fuera de los cauces de una comunidad
organizada, que busque practicar una democracia adaptada a los tiempos que nos
toca vivir.
Creada esta situación por demás desafortunada, han proliferado los
designios naturales de un mundo que en su evolución compulsa las tendencias más
dispares, que a veces no responden ni a la realidad de la evolución ni a las
posibilidades y conveniencias que el país reclama; pero por sobre ellas el
sentido común nos está marcando una realidad insoslayable, a la que no pueden
escapar ni siquiera los que se esfuerzan por alterar el orden natural de las cosas.
El
movimiento nacional que ha nucleado el Frente Justicialista de Liberación
pretende neutralizar los desvaríos de las distintas fuerzas que en lo interno y
en lo externo se esfuerzan por desviar, política o ideológicamente, la marcha
de un país que no sólo anhela cumplir su destino sino que pretende hacerlo
dentro de la evolución natural que la humanidad está marcando para un futuro
lleno de amenazas y peligros.
Por
eso, pensamos que es nuestro deber en el presente reconstruir lo destruido y
preparar un mejor futuro inmediato para que en una nación realizada cada
argentino pueda intentar su propia realización. De ello se infiere la
perentoria necesidad de unirnos y organizarnos para recién entonces lanzarnos
decididamente a la Reconstrucción y Liberación de una Patria evidentemente
desquiciada; nada podríamos lograr operando con un instrumento inorgánico y
anárquico, como no fuera una revolución destinada al fracaso.
Desde que la revolución que anhelamos cumplir ha de ser para los argentinos,
nada será más lógico que sea lograda por todos los argentinos, solidariamente
unidos en tal empeño. Nada ha de ser despreciable cuando tal unidad sea
lograda, porque sólo la unidad nacional organizada puede consolidar y dar
permanencia a las nuevas estructuras que tratamos de adoptar para ponernos a
tono con una evolución violenta y acelerada que los tiempos imponen, en un
mundo en el que permanecer inactivo es casi resignarse a la desgracia.
El
movimiento nacional que propugnamos tiene su ideología y su doctrina, tan
lejana del demoliberalismo perimido como de la ultraizquierda tan en pugna con
la evolución y necesidades del tiempo presente en una nación joven como la
nuestra. Por eso pretendemos actuar tan lejos de uno como de otro de los imperialismos
dominantes, y anhelamos construir una Patria Justa, Libre y Soberana, en la que
cada argentino puede vivir y realizarse en libertad plena, trabajando por el
destino común. Nuestro pueblo tiene en el pasado evidencias fehacientes de
nuestras intenciones y designios que ni han cedido ante la acción destructora
del tiempo ni se han rendido ante el ataque despiadado de nuestros enemigos de
adentro y de afuera. También nosotros hemos aprendido con una experiencia que
tan cara nos ha costado, y hoy tenemos firme en la mente no un revanchismo
destructivo, que hemos presenciado entristecidos, sino la necesidad de superar
pasiones insanas en aras del bien común de la Patria, que ha de ser el objetivo
supremo de todos los argentinos.
Estamos rodeados de acechanzas, y cuando vemos sucumbir a nuestros
vecinos que como nosotros ansían liberarse, tenemos que poner las barbas en
remojo. El ejemplo de Chile ha de ser valioso para todos nosotros, porque el
mundo del presente se conjuga más en todas las fronteras que en el interior
vernáculo, que en un tiempo pudo ser refugio para la nacionalidad que hoy,
amenazada por la acción de los imperialismos, ha dejado de ser invulnerable a
la conquista y la dependencia. Por éstas y muchas otras circunstancias que
omito en beneficio de la brevedad, deseo llegar a todos los argentinos,
cualquiera sea su matiz político, con la más sincera exhortación a que se
reflexione con miras a esa comprensión indispensable que nos permitía a todos
encarar mancomunadamente las soluciones previas, sin las cuales nada se podrá
lograr en verdadero provecho de la comunidad.
Es
indiscutible que dentro de la situación en que se vive y en la que se han
alterado gravemente los principios fundamentales del orden y la convivencia,
reemplazados por un activismo no siempre justificado ni constructivo, el Estado
se ve precisado a recurrir a un rigor que nosotros preferiríamos sustituir por
la persuación, que siempre resulta más efectiva cuando media la comprensión y
la buena voluntad.
Por
eso entendemos que el nuevo gobierno ha de encarar soluciones en una situación
de verdadera emergencia nacional, que obliga lógicamente al ejercicio de un
gobierno también de emergencia, en el que será preciso comenzar por la
normalización del Estado, gravemente descompuesto en sus instituciones
fundamentales. En el futuro la lucha deberá ser reemplazada por una efectiva y
racional colaboración de todos los argentinos, si es que realmente queremos
alcanzar las soluciones que están en todas las bocas, aunque no sé si en todos
los corazones. Así como cada argentino tiene el derecho de vivir en seguridad y
pacíficamente, y el gobierno tiene el irrenunciable deber de asegurarlo, no es
menos cierto que la ciudadanía ha de cooperar en lo que de ella dependa para
que tales circunstancias puedan cumplirse en orden y tranquilidad.
Por
eso ni es concebible ni puede aceptarse como natural la existencia de fuerzas
organizadas para imponer designios de sectores extraños por medios violentos,
mientras el resto de la ciudadanía desarmada debe asistir indefensa al
atropello y al delito. En tales casos no puede esperarse de la acción
gubernamental sino la imposición de la ley por el medio que sea. De ello se
infiere que tales organizaciones han de colocarse cuanto antes dentro de la ley
o han de ser sometidas aunque sea por la fuerza, como deber ineludible del
gobierno.
No
es menos importante considerar que, así como esos grupos de perturbación del
campo político desarrollan sus actividades fuera de la ley y contra el resto de
la ciudadanía, otros grupos económicos no menos perturbadores se empeñan en
lograrlo a costa de las necesidades primarias de la población, resultando así
el enemigo común. Si todo negocio o comercio lícito ha de ser amparado y
protegido por el Estado, no es menos cierto que todo acto ilícito en este
terreno ha de ser castigado por las leyes de la Nación, que el gobierno está en
la obligación de aplicar.
La
clase trabajadora argentina ha dado pruebas irrefutables de su madurez, de su
paciencia y de su tolerancia durante largos años de necesidades insatisfechas y
abusos incalificables. Está en consecuencia libre de toda acusación de avaricia
cuando reclama para sí una mayor participación en el producto del trabajo
común. Como es indiscutible el derecho que ella tiene a la defensa de sus
intereses profesionales y a las aspiraciones de una vida mejor. Es preciso
entender que hoy gobernar es crear trabajo, porque no es concebible que en un
país como el nuestro, donde todo está por hacerse, exista un millón de hombres
que no tienen ocupación.
Dentro de estas breves consideraciones no puedo eludir tratar lo
concerniente a la juventud, que representa el futuro de la Patria por el cual
estamos luchando hace ya tantos años. Se ha dicho y con razón que los pueblos
que olvidan a su juventud renuncian a su porvenir. Nosotros tenemos la fortuna
de disponer de una juventud templada en la lucha y formada en el sacrificio que
esa lucha impone, y es indudable que ésta es la mejor escuela para la formación
de hombres. Es a influjo de esa experiencia activa que nuestra juventud madura
y se capacita para un futuro que no se ha de desarrollar en un lecho de rosas.
El
mundo en que deberán actuar no será nada fácil, y ellos tienen la
responsabilidad de enfrentar el destino nacional en las circunstancias tal vez
más azarosas que hayamos podido entrever. Todo indica, entonces, la necesidad
de capacitarse moral e intelectualmente, para enfrentar un destino que sólo
puede ser superado por una juventud calificada por todas las virtudes y
capacitada para luchar hasta las últimas consecuencia.
Hemos tratado, en cuanto de nosotros ha dependido, de inculcar una
doctrina nacional que, a la vez de contemplar la evolución general, ha incidido
particularmente en las posibilidades y necesidades que intrínsecamente
corresponden a los objetivos de la argentinidad. Pero para que esa juventud
pueda ofrecer a la Patria el tributo de sus calidades y cualidades es preciso
que se someta a una organización que a la vez que sea garantía de éxito en su
empeño, lo sea también para la Nación que en un futuro ya inmediato necesitará
de su esfuerzo y aun de sus sacrificios. Como la masa juvenil organizada no ha
de valer sólo por su número, será preciso realizar la capacitación de sus
cuadros y encuadramiento, verdadero factor determinante del valor real de toda
agrupación. Esa es la tarea que queda por realizar, y en ella nosotros, los
viejos, tenemos la obligación de pasar a esa juventud el margen de experiencia
que poseamos para que, aparejada a la decisión, la energía y el entusiasmo de
la juventud, pueda rendir a la Patria todo lo que ésta tiene derecho a
exigirle.
Para
que todo ello pueda ser realizado racionalmente y con provecho cierto, es
preciso también que la juventud se persuada de que la lucha activa ha terminado
y que comienza otra lucha no menos importante por la Reconstrucción y la
Liberación de la Patria, en la que hay que llegar a la unidad nacional
cohesionada con una solidaridad de todos los argentinos que sea garantía de una
paz indispensable para la Reconstrucción.
Yo
tengo una profunda fe en los valores de nuestra juventud. Falta ahora que todos
nos pongamos en la tarea de facilitar a esa juventud el acceso natural a las
funciones que biológicamente le corresponden en el transvasamiento
generacional, sin el cual todo puede envejecer y aún morir. Durante este
gobierno de emergencia se deberá en gran parte realizar el cambio generacional
que nos permita a los viejos morir con la sensación de haber cumplido también
con este deber.
Así
como el dirigente nace y no se hace, no es menos cierto que el genio es también
trabajo. Las comunidades no valen tanto por sus riquezas ni por el número de
sus habitantes, como por la capacidad de los dirigentes que las encuadran y conducen.
De
ello ha de inferirse la importancia que hemos de asignar a la formación y
conservación de nuestros dirigentes. Desde 1956 especialmente he notado en el
continente latinoamericano, junto con el proliferar de las dictaduras, una
campaña foránea malignamente organizada contra los dirigentes políticos en
general. Esa campaña ha llegado en casos determinados hasta la proscripción de
los dirigentes o la privación de sus derechos políticos. Es indudable que en
muchas circunstancias hemos sido nosotros, los políticos mismos, los que más
hemos colaborado en el éxito de tan malvada intención, usando la baja calumnia
y los medios más inverosímiles para infamar a los hombres de gobierno.
Por
eso creo que por sobre toda otra consideración los argentinos, y en especial la
juventud que aspira a reemplazarlos, tienen necesidad de meditar sobre la mejor
manera de servir antes que dedicarse a criticar desaprensivamente a los demás
dirigentes, que si proceden de buena fe tienen el derecho a ser respetados en
su investidura y aun perdonados en los yerros que puedan cometer. Porque ningún
aspirante a dirigente podrá engrandecerse con la desgracia de los demás, pero
sí desprestigiarse por una elemental falta de ética política y humana.
Si
queremos realizar unidos y solidarios la revolución en paz que la situación
impone, será preciso que comencemos por respetar los preceptos de una
convivencia indispensable. Frente a algunos cuadros que me ha sido dado
presenciar desde que estoy en el país y actúa en el gobierno nuestra tendencia,
no puedo menos que observar procedimientos populares que no coinciden con la
libertad que estos gobiernos han dado al pueblo. No es suficiente que exista la
libertad, sino que es indispensable que el pueblo sepa hacer uso apropiado de
ella. Es preciso comprender que lo que se ha destruido durante muchos años no
se puede reconstruir en unos pocos días, y si el pueblo no coopera con
paciencia y comprensión en la tarea en que el gobierno se empeña, todo puede
verse entorpecido.
Luchamos
por establecer un nuevo orden en el que la injusticia debe desaparecer; y si es
justo que cada sector busque reinvindicar sus derechos y conveniencias, no es
menos importante el proceder mediante el cual se lo trate de lograr. Las
manifestaciones tumultuosas, como los reclamos violentos, no suelen ser el
mejor camino.
Los
agentes de la administración pública tienen la obligación de permanecer fieles
a los principios de orden establecidos porque, en último análisis, ellos son el
Estado mismo. El pueblo, en todos sus estamentos, tiene en este sentido una
obligación similar. Por eso, en defensa de los propios principios que
sustentamos, quiero hacer llegar a todo el pueblo argentino mi pedido y
exhortación más sincera para que en el futuro las reclamaciones se hagan por
los conductos naturales, en la seguridad de que el gobierno es el más
interesado en resolverlas en el menor tiempo posible.
No
es lo prudente murmurar o gritar tumultuosamente en la calle, sino recurrir
ante quien lo pueda remediar. Es preciso que todos comprendamos que son muchos
los problemas creados, y aunque sea grande la voluntad de resolverlos, lo
humanos tiene su límite, qe se agranda cuando hay cooperación y se acorta
cuando la intransigencia o la violencia reemplaza al buen juicio y la
prudencia.
Finalmente, deseo que llegue a todo el pueblo argentino mi más sincero
deseo de que, cualquiera sea el gobierno que salga de las urnas, nos pongamos
todos en la tesitura de apoyarlo y ayudarlo, en la convicción más absoluta de
que con ello nos estaremos ayudando todos. Si el triunfo fuera del Frente
Justicialista de Liberación, como espero, hemos de pedir a todos los dirigentes
políticos argentinos una cooperación activa y fehaciente que nos permita
sentirnos compañeros de ruta y de fatiga en defensa del bien común de nuestra
Patria.